Tango

La presencia del género en España como tango americano no se remonta más allá de la década de los cuarenta del siglo XIX, teniendo en cuenta que por aquellos años los tangos que se bailaban y cantaban en Andalucía no tenían la misma estructura musical que los tangos flamencos tal y como hoy los conocemos. Esteban Pichardo define el tango por aquellos años en su diccionario de voces y frases cubanas como “reunión de negros bozales para bailar al son de sus tambores y otros instrumentos”. Sobre la etimología de la palabra tango se presentan varias hipótesis: para unos es onomatopeya o ruido resonante que imita al tañido de un tambor o un tambaleo. Por otra parte el sufijo -ango (presente también en el fandango) obliga a emparentarle etimológicamente con algún género de la música afro americana del siglo XVIII, del que deriva el tango americano que llega a España mediado el siglo XIX. Los bailes de negros en Cuba debieron estar, en aquellos tiempos de la colonia, repletos de ombligadas, nalgadas y demás movimientos pélvicos que tanto sonrojaban a las blancas autoridades de entonces. Un artículo publicado en 1849 en Madrid y La Habana apareció bajo el titulo El origen del tango americano, desempolvado por José Luis Ortiz Nuevo, nos devela el título de tres canciones bailadas y cantadas al son de tambores en la capital cubana que se dicen antecedentes del tango americano que triunfara en España. La primera es de 1823 y lleva por título “La Guanabana”; poco después aparece “La Limoná”, con el estribillo “Usted no es ná, usted no es chicha, ni limoná”, y por fin, en 1843, la titulada “La Lotería”. Estas tres canciones posiblemente fuesen las más conocidas de un repertorio muy cercano al que después se dio a conocer, una vez desembarcado en las costas españolas, como tango americano. A partir de 1852 el tango aparece ya definido en el Diccionario de la Real Academia como ” baile de negros y gente del pueblo que se baila en algunos países de América Latina”, y en varias ediciones posteriores se siguen manteniendo esta definición. Más tarde, en 1858, aparece en Sevilla otro tango que gozó de gran éxito bajo el titulo “El Cocoye”, inspirado en las comparsas carnavaleras de Santiago de Cuba. El viajero Charles Davillier vio en 1862 bailar el tango americano a una joven gitana de cobriza tez, cabellos crespos y ojos de azabache, definiéndolo como baile de negros que tiene un ritmo muy marcado y fuertemente acentuado. Romualdo Molina y Miguel Espín nos ofrecen el dato de que Rodríguez Marín no incluye el tango entre sus cantos populares españoles debido a que no es flamenco sino guachinango. Guachinango era al parecer una forma de llamar a los americanos en la España de entonces. El tango tuvo, en su desarrollo dentro de la música andaluza, dos vertientes fundamentales tras su llegada a la península como números de zarzuelas y espectáculos de variedades. Por una parte dio lugar al tango de Cádiz que hoy conocemos como tanguillo, y por otra el tango americano, que se cultivó hacia 1890 en los cafés y teatros de variedades de las capitales del sur de España, así como en algunos locales de Madrid, adoptando una forma bailable interpretada por las ya entonces llamadas “tangueras”. Al desprenderse del ambiente de carnaval y puramente teatral para integrarse en los espectáculos de variedades y en los cafés cantantes, el tango va perdiendo su original acento americano para andaluzarse y, poco a poco, aflamencarse. No olvidemos que en esa misma época (los años setenta y ochenta del siglo XIX) muchos elementos musicales del flamenco se encuentran en estado de cristalización y los intérpretes hallan en los tangos una fuente exquisita para expresar sus flamenquerías, pero esta vez sobre un compás binario, métrica de dos o cuatro tiempos, proponiendo el acento antillano como novedad frente al resto de los palos que se interpretan sobre compases de tres o doce tiempos.

Los tangos como cante para bailar se cultivan entonces en Cádiz, Jerez, Los Puertos, Triana, en Granada con numerosas variantes, Jaén, Málaga y Extremadura, disputando a las cantiñas, a finales del siglo XIX, el aplauso del público en los cafés cantantes. Suelen aparecer bajo el nombre de tango americano o tango de los negros. Los tangos flamencos propiamente dichos surgirán con el cambio de siglo como resultado de adaptar algunos elementos rectores de los jaleos andaluces, de compás ternario, y “meterlos” por el ritmo y compás del tango americano. Nace así un nuevo género, y con él una lista de nuevos estilos que vendrán a integrarse en el cada vez más variado panorama estilístico del flamenco, por entonces muy necesitado de palos que lo enriquecieran. Otra versión defiende que los tangos antes de ser flamencos fueron tientos, y después acelerando el compás, se hicieron tangos flamencos. En los tangos flamencos podemos encontrar el espíritu melódico de la soleá (en el cante) y el armónico de la seguiriya (en el toque), y todo esto (y algo más) sobre un compás binario como elemento diferenciador. Si seguiriyas y soleares se miden en compases de doce tiempos, los tangos, asentados en el llamado patrón rítmico de habanera vienen a traer ritmos antillanos al flamenco, a representar a Cuba en la geografía flamenca, como una provincia más de Andalucía.

Existen muchas variantes de tango, diferenciadas por el sistema armónico (acordes del acompañamiento), y sobre todo, por el melódico, donde las distintas tonadas convierten las molaridades, tanto personales como locales, en géneros flamencos sin identidad propia. Las figuras principales en la confección definitiva de los tangos flamencos fueron Manuel Torre y Pastora Pavón, La Niña de los Peines, que de joven era famosa en Sevilla por su extenso repertorio de tangos, géneros para escuchar, serenos y solemnes, desprovistos del agitanado movimiento originario. Entre el extenso repertorio que poco a poco se va integrando en el repertorio flamenco nacen entonces diversas variantes. Unas proceden del tango flamenco propiamente dicho, otras se desprenderán del tanguillo de Cádiz y otras simplemente de tangos americanos.

La gama de tangos flamencos es inmensa y en opinión de Fernando Quiñones son oscuros, joviales, lentos, monótonos, planos, largos, rumbas o patéticos. Existe tanta variedad como en las bulerías. Según las comarca de origen existen diversas modalidades de tangos flamencos atribuidos en su mayoría a sus autores. De Cádiz son los del enciclopédico creador flamenco Enrique el Mellizo, los tangos aguajirados de Ignacio Espeleta y los de Aurelio Selles. Cádiz como principal importadora de tangos tiene infinidad de ellos. De Triana los ya mencionados de la Niña de los Peines, de Vallejo, de José Ortega, de Matrona, de Mairena o del Titi de Triana. Del repertorio de Jerez tienen especial inspiración los de Manuel Torre, los de Frijones y los de El Garrido. Málaga es una capital especialmente dotada para tangos. Son famosos los de La Pirula, los de la Repompa (inspirada en la anterior) y los del Piyayo, tangos aguajirados. Piyayo estuvo en Cuba y allí dio a los tangos aroma de “punto campesino”, posiblemente inspirándose en la guajira binaria o guajira-son. Extremadura es una región famosa igualmente por sus tangos. De entre los creadores más prolíficos destaca Juan Cantero. Hacia 1970 nacen otros tangos extremeños en versión de Porrina de Badajoz, con claras influencias de los tangos trianeros y granadinos, entre otros de enigmático origen portugués. En Granada los gitanos del Sacromonte cultivaban con fervor los tangos del camino, los paraos, los canasteros, de la casera, de los merengazos, entre otros muchos. En la provincia de Jaén existen también un tipo de tango canastero y otro llamado de la Carlotita. La guitarra ha encontrado en los tangos flamencos un aire idóneo para expresar todo tipo de estilos adaptados al merlo indiano en toda su amplitud y grandeza, en el plano armónico, rítmico o melódico. El cante por tangos admite tipos variados de estrofa, siendo la que más se suele utilizar la de cuatro versos (o tres) octosílabos, la copla española. Esto no impide que un cantaor inspirado sepa “meter por tango” cualquier verso.

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